Madame Rubí (La zíngara)

Madame Rubí (La zíngara)

(fotos del «making of» al final de la entrada)

Madame Rubi, the fortune teller

Oso llevaba a sus espaldas el número de mayor éxito del pequeño circo ambulante, el “Tomasos Wonder Circus”.
Tras doce duros años de entrenamiento, alternando logros y lesiones, se había convertido en el único hombre del mundo capaz de portar sobre sus espaldas un aplastante bloque de acero que sumaba cuatrocientos orgullosos kilos.
Ayudado por una polea y una maroma del grosor del brazo de un niño, izaba la carga hasta el ápice central de la carpa circense.
Para desafiar de tal modo las leyes de la física, debía anclarse los pies al suelo por medio de unas gruesas correas de cuero. Así, cada uno de los músculos de su cuerpo se unían en sinfonía a aquel esfuerzo sobrehumano.
Los gritos de los espectadores aumentaban con la altura y explotaban en risas y aplausos al alcanzar la cima de tan magna escalada.
Una vez arriba, sin perder un instante, Oso amarraba la soga a un gran gancho de acero, dando unos segundos de alivio a cada milímetro de su anatomía.
Esta pausa le permitía disfrutar de la gloria que la audiencia le lanzaba a la pista cada noche. Todos los focos apuntaban en su dirección. Todos las voces le vitoreaban. Hasta el polvo de la pista parecía quedarse suspendido en el viciado aire de la carpa en señal de respeto hacia el hombre más fuerte del mundo. Con los brazos en cruz, parecía convertir en bálsamo el clamor de su público. Y en energía después.
Ahora, Oso debía liberarse de las ataduras de sus pies y colocarse bajo la gigantesca pesa que poco a poco descendería hasta posarse delicadamente sobre sus pétreos hombros. Seis enormes mozos de la troupe se encargaban de controlar el descenso.
El público enloquecía cuando el jefe de pista les indicaba que contasen junto a él los diez eternos segundos que Oso debía soportar aquella carga sobre su espalda.
Ese día no acabó como los demás. Ese día Oso tropezó con una de las correas. Pareció recuperar el equilibrio en cuanto alcanzó, por reflejo, la soga que sujetaba la carga. La amarra chirrió y el nudo que separaba a Oso de una muerte segura se liberó.
La cabeza del forzudo quedó como una torta de aceite sevillana.

Julia había llegado al circo pocos meses antes carente de recursos y de talento. Suplicaba un empleo acomodando, en la cocina o incluso en las cuadras limpiando la mierda de los animales. Inmediatamente, el director del “Tomasos Wonder Circus” entornó los ojos en un intento de vestir mentalmente a aquella bellísima joven con los ropajes de Madame Rubí, la gitana adivina que los había dejado, semanas atrás, de un patatús decisivo.
Tuvieron que enseñarle el oficio de vidente, de la a de artimaña a la z de zíngara. Le mostraron cómo debía utilizar sus desbordantes encantos femeninos para apartar al cliente de la chispa de la desconfianza y de la llama de la incredulidad que harían arder el negocio. Le iniciaron en el arte del engaño, el señuelo y la picardía. Le explicaron que cuando hay hambre la mentira no es tal, y que un cuento bien contado podía hacer tanto bien como una verdad no sabida.
Les faltó indicarle una sola cosa. Olvidaron prevenirle sobre el hechizo que Oso lanzaría sobre ella. Que la amaría tanto que ella no podría dejar de amarlo más que a su propia vida.
Madame Rubí. Ese sería su nuevo nombre. Evitarían así tener que hacer nuevos carteles y rótulos.

Desde el nefasto accidente de Oso, que ella tampoco vio venir en su falsa bola de cristal, Madame Rubí buscaba el futuro de sus clientes y el suyo propio en la ofuscación de la embriaguez. Con frecuencia los que pagaban para recibir sus predicciones acudían al director en busca de un reembolso por lo patético del servicio. Se reía de ellos o lloraba en sus hombros. Los echaba a patadas o se convertía en una vulgar ramera que intentaba aplacar su desconsuelo con un momento de placer carnal. Alguno se aprovechó de esto.
El circo volvía una y otra vez a los mismos lugares, las mismas ciudades, y la fama de la adivina borracha de nuevo protagonizaba las charlas y los chistes menos graciosos en todos los bares.

Juan vestía como cualquier chico de su edad, pero con aspiraciones. Una vieja camisa de paño raída, tirantes y un deslucido pantalón dos tallas demasiado grande, contrastaban con los brillantes botines de piel y el bombín que siempre llevaba consigo. Los había robado a un cadáver en los carnavales, cuando la ciudad se convertía por una sola noche en digna aspirante a la herencia de Sodoma y Gomorra. Aseguraba que ese calzado y el sombrero eran los primeros elementos de un atuendo mucho más elegante, que en algún momento luciría orgulloso por el centro, codeándose con hombres de negocio y famosos jugadores de poker.
Le quedaban diez monedas en el bolsillo y merodeaba la entrada del circo indeciso.
Le habían contado que en el circo se vivían experiencias maravillosas. Le decían que saldría fascinado del mayor espectáculo del mundo. Que eran 10 monedas muy bien gastadas. Pero también sabía que, conservándolas, esas diez monedas le mantenían un poco más cerca de su disfraz de persona respetable. Iba y venía haciendo sonar el dinero en su bolsillo.

Tan absorto caminaba que tropezó con una de las cuerdas que mantenían en pie una de las pequeñas tiendas que formaban el conjunto de carpas circenses. Desde el suelo alzó la mirada dispuesto a pelear con quien lo hubiese hecho besar el polvo, pero su mirada se topó inmediatamente con un cartel; “Madame Rubí, tu futuro está escrito”.
De un brinco se puso en pie.
En otro papel, mucho más pequeño y estropeado, decía “por solo 2 monedas”.
Juan buscó rápidamente sus monedas en el pantalón. Primero para asegurarse de no haber perdido ninguna en la caída, pero también para convencerse de que le quedaban muchas más de dos, que dos eran muy pocas, y que tenía en su mano la oportunidad de saber si sus sueños dejarían en algún momento de ser solo eso.
Aunque fuera ya era de noche, al entrar en la tienda de la adivina a través de aquellos pesados cortinajes granates y dorados que olían a polvo y a humedad, sus ojos tardaron un instante en acomodarse. Un par de velas, cuya llama duraría apenas unos minutos más, eran la única iluminación que había en la estancia. También olía al denso humo de incienso que llenaba el espacio pero, más que nada, olía a whisky… o ron… o las dos cosas.
– Hola… –dijo titubeando, aunque aún no había visto a nadie dentro– . Tengo dos monedas.
De detrás de la pequeña mesita que había en el centro de la tienda apareció la silueta de mujer de pelo largo y ondulado. ¿Estaba dormida? Juan se acercó un paso más.
– Hola –repitió después de aclararse la voz.
– No…No te había oído entrar. –contestó ella al fin.
Sí, estaba dormida en la silla. O borracha. Juan se afrentó ligeramente por haber despertado a la mujer. Por la voz parecía mucho más joven de lo que él se había imaginado.
La zíngara ni siquiera le regaló una mirada de cortesía y con un torpe gesto le indicó que tomara asiento en el taburete que se encontraba a sus pies.
Se quedó mirando la brillante bola de cristal que ocupaba el centro de la mesa. Estaba a punto de participar en algo que solo había oído contar a los borrachos en las tabernas o a las putas en la calle, mientras hacían tiempo entre servicio y servicio, pero le resultaba tan misterioso y atractivo que las ansias de oír lo que aquella fascinante esfera sabía de él le estaban resecando la boca.
Madame Rubí pareció incomodarse. Se había dado cuenta de que la lámpara de aceite que solía colocar debajo de la mágica bola se había quedado sin combustible y claro, sin ese halo resplandeciente y parpadeante, el efecto no era completo y el engaño podía verse comprometido.
– ¿Te leo las cartas? –preguntó nerviosa.
– No. Prefiero esto. –sentenció Juan señalando la bola.
Julia buscaba a su alrededor cualquier otra opción que pudiera parecer más atractiva que lo que el chico pedía, más espectacular, pero la verdad es que no tenía ninguna alternativa tan seductora. Lo tenía difícil. Las cartas, las runas, el péndulo… todos carecían del toque hechizante del brillante globo blanco.
– Está bien. –asintió sin demostrar demasiada seguridad– …pero hoy no sé si está en plena forma. –sonrió intentando ocultar su preocupación.
Iba a tener que reavivar sus artes interpretativas y, porqué no, las armas de seducción para satisfacer las expectativas de aquel muchacho que abría los ojos como platos a la espera de descubrir lo que el futuro le deparaba.
Madame Rubí dejó caer una leve sonrisa y se dispuso a colocar las manos sobre el apagado orbe. Comenzó a moverlas en círculos. Cerraba los ojos y los volvía a abrir. Hacía una breve pausa y luego reanudaba los giros balanceando al mismo tiempo su cuerpo de un lado a otro. Suavemente, sin brusquedades, como si de un baile encantador se tratara. A Juan le daba la sensación de que los dedos de la mujer se estiraban más allá de lo posible y que sus manos parecían cada vez más largas. Dejó de oír el tumulto de la gente que salía en ese momento del espectáculo de la carpa principal y le vino a la mente una danza nocturna de jóvenes y bellas brujas desnudas en torno a una hoguera.
Juan se sobresaltó y se agarró fuertemente al asiento del taburete en el que se encontraba sentado cuando la bola, de repente, empezó a brillar. Suavemente al principio, pero con un esplendor que iba en aumento con cada movimiento de Madame Rubí.
La adivina seguía concentrada en su particular coreografía y mantenía los ojos cerrados entendiendo que el momento requería de su mejor representación.
– ¡Soy yo! –dijo él entre asustado y maravillado–. ¡Soy yo, y estoy con una mujer!
Julia, al oír al chico leerse la fortuna él mismo, sonrió con la cabeza gacha congratulándose por tan convincente función. Pensó que el chico habría bebido y que con un par de minutos más se iría tan satisfecho que podría incluso dejar alguna propina. Hacía mucho tiempo que no se reía tan abiertamente y en silencio a la vez.
– Soy feliz con esa mujer. ¡Muy feliz! –dijo alegre– ¡Y ella es feliz conmigo! !Muy feliz!
Julia creía no poder contener la risa y pensó que iba a estropearlo todo en un momento de debilidad.
– Pero… –la voz de Juan sonaba cada vez más asombrada– Pero si esa mujer…
Madame Rubí abrío los ojos y vio, confundida, su falsa bola mágica brillar como si el mismísimo sol estuviera dentro de esa pequeña habitación. Descubrió la imagen que Juan había estado descifrando.
– Esa mujer.. ¡eres tú! –aseguró al descubrir por primera vez el rostro de Julia.

Los que hemos disfrutado haciendo esta foto, preparando el atrezzo, preparando el estudio, etc.:
Vanesa Zahonero (Madame Rubí), Carlos Sanchez (Juán), Jaime Nicolau (Oso), Olga Marqués, Pepe Encabo, Laura López y Patricia Bielsa

Muchas gracias a Bárbara Montes que vino a maquillar a Vanesa sin que tuviéramos que secuestrarla ni nada. Genial! www.barbaramontes.com

jaime nicolau